Es domingo en Corona, un barrio en Nueva York. Sus habitantes, en su mayoría son Latinos. Muchos, ecuatorianos, en especial azuayos y cañarenses. El reloj de la iglesia marca las 9:45. Los fieles entran apurados.
Dentro hay imágenes de distintas ‘nacionalidades’. La Virgen de Guadalupe, mexicana; la de Los Dolores, peruana… Frente al Divino Niño reza Juan Manzano.
Él llegó del Cañar. Después de 15 años logró traer a su hijo Felipe, a quien dejó en Ecuador cuando recién tenía 9 meses de nacido. Siente que la vida es contradictoria y ora por ello: a su esposa le acaban de detectar cáncer: “Diosito me devuelve a mi hijo y ella se está muriendo”.
A las afueras del templo, una señora vende flores. Ecuatoriana. Un hombre ofrece morocho. Ecuatoriano. Y unos metros más allá se encuentran escapularios, velas, cuadros de ángeles y representaciones de santos. Personas migrantes del mundo.




Andrés Mendoza ‘vino en agua’. Nació en Alausí, en la provincia de Chimborazo. Vive ocho años en EE.UU. “Antes veníamos por agua, para llegar a Arizona, ahora ya no lo hacen así”. Su travesía duró dos semanas.
Ismael Guerrero sigue los pasos de su abuela: Rosalía Suárez, la matrona de los helados de paila de Ibarra.
Llueve en Nueva York. Es tarde de otoño. El Cónsul General de Ecuador en Nueva York llega en gabardina. Es el responsable de coordinar con las delegaciones ecuatorianas su participación en los eventos organizados por la Secretaría Nacional del Migrante (SENAMI).
El comercio es la dinámica que marca la vida de los migrantes en la avenida Roosvelt: ropa, zapatos, artículos electrónicos, restaurantes... En una pancarta se lee el menú: ceviche de camarón, guatita y fritada. El nombre del local: 'El pequeño coffee shop, ecuadorian cuisine'.